viernes, 12 de marzo de 2021

Invictus




En la noche que me envuelve, negra,
como un pozo insondable, 
le doy gracias al dios que fuere, 
por mi alma inconquistable. 

En las garras de las circunstancias, 
no he gemido, ni he llorado. 
Bajo los golpes del destino, 
mi cabeza ensangrentada jamás se ha postrado. 

 Más allá de este lugar de ira y llantos, 
acecha la oscuridad con su horror, 
Y sin embargo la amenaza de los años me halla, 
y me hallará sin temor. 

No importa cuán estrecho sea el camino, 
ni cuántos castigos lleve a mi espalda, 
Soy el amo de mi destino, 
Soy el capitán de mi alma.




William Ernest Henley

lunes, 11 de enero de 2021

Abuelos de Extremadura

 Abuelos de Extremadura

que conocí en otro tiempo,

y aquella vida tan dura

que fue la que conocieron,

nunca fueron de excursiones

siempre cuidando sus huertos,

y por la noche a la lumbre

contando historia a sus nietos.

En aquellas noches largas

junto a las llamas del fuego,

sin mayores distracciones

que aquellos bonitos cuentos,

que con toda la atención

escuchábamos los nietos,

juntos todos en la lumbre

o en la camilla al brasero.

Abuelos de otra cultura

sin viajes del INSERSO,

ni de ninguna otra clase

apenas salían del pueblo,

con sus viejas alpargatas ,

su cayada y su sombrero,

raído y descolorido

por la lluvia, el sol y el viento.

Con su chaqueta de pana

su faja liada al cuerpo,

con su reloj de cadena

colocado en su chaleco,

su librito y su tabaco

con su petaca y mechero,

en sus bolsillos sobados

y su pañuelo moquero.

Abuelos de aquella infancia

que conocí de pequeño,

buscando los resolanos

cuando el sol sale en invierno,

buscando sombra en verano

que antes no tuvieron tiempo,

y un descanso merecido

que ellos nunca conocieron.


Abuelos de Extremadura

de tiempos del estraperlo,

de aquella España en miseria

de hambre y racionamiento,

tiempos de supervivencia

que poco a poco se fueron,

quitando el pan de sus bocas

para dársela a sus nietos.

 

Autor: Ceferino Carpintero Prieto

martes, 15 de diciembre de 2020

Sobre la elegancia. Paulo Coelho

NECESARIA. A veces me sorprendo con los hombros encorvados; siempre que estoy así, puedo estar seguro de que algo no va bien.
   En ese momento, incluso antes de buscar qué es lo que me incomoda, procuro hacer más elegante mi postura. Al ponerme de nuevo en posición erecta, me doy cuenta de que este simple gesto me ayuda a tener más confianza en lo que hago. 
   A menudo se confunde la elegancia con la superficialidad, la moda, la falta de profundidad. Grave error: el ser humano necesita elegancia en sus acciones y en su postura, porque esta palabra es sinónimo de buen gusto, amabilidad y equilibrio. Hay que tener serenidad y elegancia para dar los pasos más importantes en la vida. 
   Evidentemente, no hay que volverse loco, preocupado a todas horas con la forma en que movemos las manos, nos sentamos o sonreímos. Pero es bueno saber que nuestro cuerpo habla una lengua, y que la otra persona, incluso de forma inconsciente, está entendiendo lo que decimos más allá de las palabras.
  La serenidad viene del corazón
 Aunque muchas veces lo torturen pensamientos de inseguridad, él sabe que, a través de la postura correcta, puede volver a equilibrarse. La elegancia física, a la cual me estoy refiriendo, viene del cuerpo, y no es algo superficial, sino el modo que encontró el hombre para honrar la forma en que pone los pies en el suelo. 
   Por eso, si a veces sientes que tu postura te incomoda, no pienses que es falsa o artificial: es verdadera porque es difícil. Hace que el camino se sienta honrado por la dignidad del peregrino. 
   Y nada de confundirla con arrogancia o esnobismo. La elegancia es la postura más adecuada para que el gesto sea perfecto, el paso firme, y tu prójimo respetado. La elegancia se alcanza cuando se descarta todo lo superfluo, y el ser humano descubre la simplicidad y la concentración: cuanto más simple y más sobria sea la postura, más bella será. 
   La nieve es bonita porque sólo tiene un color, el mar es bonito porque parece una superficie plana. Pero tanto el mar como la nieve son profundos y conocen sus cualidades. 
   Camina con firmeza, sin miedo a tropezar. Los movimientos están acompañados por tus aliados, que te ayudarán en lo necesario. Pero no olvides que el adversario ve y conoce la diferencia entre mano firme y mano trémula: por eso, si estás tenso, respira hondo, piensa que estás tranquilo, y, por uno de esos milagros que no sabemos explicar, la tranquilidad se instalará. 
   En el momento en que pones en marcha una decisión, procura revisar mentalmente cada una de las etapas que te llevó a preparar tu paso. Hazlo sin tensión; es imposible tener todas las reglas en la cabeza: con el espíritu libre, a medida que revisas cada etapa, te darás cuenta de cómo superaste los momentos más difíciles. Presta atención: eso se reflejará en tu cuerpo.
   Estableciendo una analogía con el tiro y arco, hay arqueros que se quejan de que, a pesar de haber practicado durante años, la ansiedad hace que todavía se les dispare el corazón, les tiemble la mano y les falle la puntería. El arte del tiro hace que los errores sean más evidentes. El día que no tengas ganas de vivir, tu tiro será confuso. Verás que estás sin fuerza para estirar la cuerda, que no consigues hacer que el arco se curve como debe. Esa mañana intentarás descubrir qué provocó la imprecisión, y eso te obligará a enfrentarte a un problema que te incomoda, pero que hasta ese momento estaba oculto. Descubriste ese problema porque tu cuerpo estaba más envejecido, menos elegante. 
   Cambia de postura, relaja la frente, estira la columna, haz frente al mundo a pecho descubierto; al pensar en tu cuerpo estás pensando en tu alma. Una cosa ayudará a la otra.