Se cuenta que, en los años 20, cuando
Albert Einstein empezaba a ser conocido por su teoría de la relatividad, era
con frecuencia solicitado por las universidades para dar conferencias.
Se cuenta que, en los años 20, cuando
Albert Einstein empezaba a ser conocido por su teoría de la relatividad, era
con frecuencia solicitado por las universidades para dar conferencias.
Antoine de Saint-Exupéry, autor del famosísimo «El Principito» y gran aviador que se alistó en la marina francesa durante la Segunda Guerra Mundial, en un período particular de su vida, escribió esta bella oración al Señor para pedirle un regalo raramente invocado: aquel de la sencillez y de la fidelidad tranquila y serena en las pequeñas decisiones de cada día.
No pido milagros y visiones, Señor, pido la fuerza para la vida diaria.
Enséñame el arte de los pequeños pasos.
Hazme hábil y creativo para notar a tiempo, en la multiplicidad y variedad de lo cotidiano, los conocimientos y experiencias que me atañen personalmente.
Ayúdame a distribuir correctamente mí tiempo: dame la capacidad de distinguir lo esencial de lo secundario.
Te pido fuerza, auto-control y equilibrio para no dejarme llevar por la vida y organizar sabiamente el curso del día.
Ayúdame a hacer cada cosa de mi presente lo mejor posible, y a reconocer que esta hora es la más importante.
Guárdame de la ingenua creencia de que en la vida todo debe salir bien. Otórgame la lucidez de reconocer que las dificultades, las derrotas y los fracasos son oportunidades en la vida para crecer y madurar.
Envíame en el momento justo a alguien que tenga el valor de decirme la verdad con amor.
Haz de mí un ser humano que se sienta unido a los que sufren. Permíteme entregarles en el momento preciso un instante de bondad, con o sin palabras.
No me des lo que yo pido, sino lo que necesito. En tus manos me entrego.
¡Enséñame el arte de los pequeños pasos!
Fuente: Aleteia
Cierto día, un profesor entra al salón de clases y les
dice a los alumnos que se preparen para una prueba sorpresa. Todos se pusieron
nerviosos mientras el profesor iba entregando la hoja del examen con la parte
frontal para abajo, de modo que no vieran lo que contenía hasta que él
explicara en qué consistía la prueba.
Una vez que entregó todas las hojas, les pidió que las dieran vuelta y miraran el contenido. Para sorpresa de todos, era una hoja en blanco que tenía en el medio un punto negro.
Viendo la cara de sorpresa de
todos sus alumnos, el profesor les dijo: ahora van a escribir una redacción
sobre lo que están viendo.
Todos los jóvenes, confundidos, se pusieron a pensar y
a escribir sobre lo que veían. Terminado el tiempo, el maestro recogió las
hojas, las colocó en el frente del escritorio y comenzó a leer las redacciones
en voz alta. Todas, sin excepción se referían al punto negro de diferentes
maneras.
Terminada la lectura, el profesor comenzó a hablar de
la siguiente manera:
Este examen no es para darles una nota, les servirá
como lección de vida. Nadie habló de la hoja en blanco, todos centraron su
atención en el punto negro. Esto mismo pasa en nuestra vida, en ella tenemos
una hoja en blanco entera, para ver y aprovechar, pero nos centramos en los
puntos negros.
La vida es un regalo de la naturaleza, nos es dada con
cariño y amor, siempre tenemos sobrados motivos para festejar, por nuestra
familia, por los amigos que nos apoyan, por el empleo que nos da el sustento,
por los milagros que nos suceden diariamente, y no obstante insistimos en mirar
el punto negro, ya sea el problema de salud que nos afecta, la falta de dinero,
la difícil relación con un familiar, o la decepción con un amigo.
Los puntos negros son mínimos en comparación con todo lo que diariamente obtenemos, pero ellos ocupan nuestra mente en todo momento.
Saca tu atención de los puntos negros, aprovecha cada momento y SÉ FELIZ.
Se cuenta lo siguiente de un viejo anacoreta o ermitaño, es decir, una de
esas personas que por amor a Dios se refugian en la soledad del desierto, del
bosque o de las montañas para solamente dedicarse a la oración y a la
penitencia. Se quejaba muchas veces que tenía demasiado quehacer. La gente
preguntó cómo era eso de que en la soledad estuviera con tanto trabajo.
Les contestó:
Tengo que domar a dos halcones, entrenar a dos águilas, mantener quietos a
dos conejos, vigilar una serpiente, cargar un asno y someter a un león.
No vemos ningún animal cerca de la cueva donde vives. ¿Dónde están todos
estos animales?
Entonces el ermitaño dio una explicación que todos comprendieron.
Porque estos animales los tienen todos los hombres, ustedes también.
Los dos halcones se lanzan sobre todo lo que se les presenta, bueno y malo. Tengo que domarlos para que sólo se lanzan sobre una presa buena, son mis ojos.
Las dos águilas con sus garras hieren y destrozan. Tengo que entrenarlas para que sólo se pongan al servicio y ayuden sin herir, son mis dos manos.
Lo más difícil es vigilar la serpiente, aunque se encuentra encerrada en
una jaula de 32 varillas. Siempre está lista por morder y envenenar a los que
la rodean apenas se abre la jaula, si no la vigilo de cerca, hace daño, es mi
lengua.
El burro es muy obstinado, no quiere cumplir con su deber. Pretende estar
cansado y no quiere llevar su carga de cada día, es mi cuerpo.
Finalmente necesito domar al león, quiere ser el rey, quiere ser siempre el
primero, es vanidoso y orgulloso, es mi corazón, mi ego
Como ves… tengo mucho trabajo por hacer. Y tú, ¿en qué trabajas?».